Vestigios de un atentado terrorista

Reportaje fotográfico sobre los ataques de París

Miro por la ventana del avión y, destacada en la oscuridad, puedo saber por qué la llaman la ciudad de la luz. Sin embargo, este último año, unos actos consiguieron que se llegase a apagar, tanto de manera metafórica como literal. La capital francesa fue protagonista de los numerosos atentados yihadistas que se llevaron por delante a 129 civiles. Es por eso por lo que, estando en la capital gala, con Canon 600D y bolígrafo en mano, me recorro los lugares de los asaltos. Una de las cosas que aprendo en este viaje es que, como diría Paul Auster, los acontecimientos riman, y es que el día en el que visito los lugares de los atentados de París, un 22 de marzo, con desafortunada casualidad, tienen lugar los atentados de Bruselas.

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Bataclan

 

Subiéndome al metro me entero de que acaba de haber una explosión en una estación de Bruselas. Yago, menudo día para hacer este reportaje. La gente cambia de cara tras mirar sus teléfonos. Se nota la tensión y el miedo. Puedo escuchar un frío y oscuro silencio. Camino por el largo Boulevard Richard-Lenoir. Como si de una caja fuerte se tratase, me encuentro a un vallado Bataclan. Unas placas verdosas tapian la entrada de este café parisino. Tras acercar mi cara a las juntas de estas puedo observar los sacos de serrín en el suelo, la puerta principal abierta, el caos dentro, y los dañados cristales agujereados por las balas. Parece como si para esta sala se hubiese parado el tiempo. Nada había cambiado desde el día de los atentados que habían acabado, sin piedad y tras el grito de «Al·lahu-àkbar», con la vida de 90 personas . Rodeo el edificio para seguir sacando fotografías y veo aquella ventana, de la cual una noche había una mujer embarazada colgada. Una imagen que a todos nos quedará grabada para siempre. Y también esa salida de emergencia, por la cual lo más afortunados pudieron escapar de esa carnicería, ya fuera por sus propias piernas o siendo arrastrados por otras personas. El estómago se me revuelve. Recuerdo todas las imágenes que había visto en la televisión aquel viernes 13. Antes de irme, me doy la vuelta y miro hacia atrás. Es curioso, porque aquellos colores tan vivos que recubren la sala de fiestas, para mí, estuvieron más apagados que nunca.

Charlie Hebdo

Tras haberme perdido por los callejones que rodean las oficinas, al fin puedo encontrarlas. Un edificio blanco, grande, austero, y con una sucia y vieja puerta de cristal. Puedo adivinar que es allí donde se escribe la famosa revista por tres razones: La primera, las numerosas pintadas de #JeSuisCharlie que decoraban los alrededores; segundo, la placa conmemorativa dorada que recordaba los actos terroristas que allí tuvieron lugar un 9 de enero de 2015; y tercero, el dibujo del rostro de Stéphane Charbonnier, director de Charlie Hebdo que murió, junto a otras once personas, en el tiroteo contra el semanario satírico francés. Parece ser que allí no son muy bien recibidos los curiosos. Las personas que están en la entrada miran de reojo mi cámara, y el portero, tras preguntarle si podía entrar, me niega con la cabeza y me aconseja que me vaya. Mientras vuelvo a rodear el edificio, me doy de cuenta de lo macabro que es el ser humano. A mi alrededor hay familias de turistas que, de viaje supongo, deciden experimentar el “turismo del horror”. Por un lado entiendo a los trabajadores de esta revista, cuyo dolor le es recordado cada día.5 (2)

Place de la Republique

Esta vez cojo la línea número cinco, y sólo dos minutos me bastan para llegar a la Place de la Republique. Gracias a mi ignorancia, al llegar me llevo una gran sorpresa. Pensando que después de tanto tiempo la plaza estaría vacía, tras haber pasado cinco meses, seguía casi tan llena como el primer día. Flores, velas, fotografías…E incluso llega gente portando banderas de Bélgica. Mientras me peleo con los modos de la cámara, puedo observar como un hombre de pelo blanco, que debe rondar los sesenta años, está arrodillado pegando numerosos papeles. Con mi francés recién aprendido, le pregunto por qué lo hace, cuál era su razón. Él levanta su mirada, y con un intento de sonrisa acompañada de una mueca de dolor, me confiesa que su hija pequeña había muerto en el Bataclan. No me lo esperada. Impactado, sigo hablando con él, incluso pido permiso para sacarle unas cuantas fotografías. Y es que, las víctimas de aquel atentado no solo fueron las que estaban en el concierto de Eagles of Death Metal, sino todos sus amigos, conocidos, y especialmente, familiares.

Café Carillon

El conductor nos avisa que la siguiente parada ya es Goncourt. Camino un cuarto de hora, pero al fin lo encuentro. Un sitio cualquiera, que de no ser por una vela y una flor, podría pasar desapercibido entre los miles de cafés que hay en la ville lumiere. La gente charla, lee el periódico, y se bebe su café matutino. Entro y puedo ver como la televisión está encendida. En ella aparece un corresponsal de TV France informando desde Bruselas.

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Es allí sentado, tomándome un chocolate caliente, cuando reflexiono sobre lo que había visto ese día. La vida te puede cambiar en unos minutos. Ya sea aquí, en Bruselas, o en cualquier lado del mundo. Mientras estás en la terraza de una cafetería, cuando asistes al concierto de tu grupo favorito, o en el metro de vuelta a casa. Hay que disfrutar de la vida. No sabemos cuando nos puede tocar a nosotros. Aquel día no fuiste tú, no fui yo, fue cualquiera. Un cualquiera que tiene más de cien nombres de civiles, y que hizo que durante unos días se apagase la ciudad de la luz, también la capital de Bélgica, y que para toda la vida, se apagasen los lugares de estas fotografías.

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